Visceral y enlatado…

20 febrero 2007

Es de lo más habitual criticar los programas rosas que dan por la tele. Sí, esos programas donde se despachan todos los entresijos de la vida íntima, o no tan íntima, de los famosos. ¿Quién no ha participado en alguna conversación poniendo de chupa de dómine a «los tomates», «salsas rosas» o «dolces vitas»? Todos lo hemos hecho, casi en la misma medida que corremos a solazarnos con ellos frente a la pantalla. Y es que no hay nada mejor que ver las frustraciones de los demás en 625 líneas para olvidar las propias, quien las tenga.

Sólo nos frena un poco, y quizá eso sea lo que nos hace criticarlos, pensar si fuéramos nosotros los protagonistas.

Resultado: existen los progamas basura (demasiados) porque existen espectadores que los consumen. Cierto es que no hay mucha variedad de buenos programas donde elegir. Eso debe ser porque sale más caro hacer un buen programa, que tener a un descarado currito persiguiendo y acosando al famoso de turno hasta en el cuarto de baño.

Consumir televisión es muy fácil y si lo único que se proyecta es la vida de los demás en estéreo pues la gente lo devora. Ahora bien, porque programas sociales los hay buenos y malos, hay que reivindicar un periodismo del corazón, de la vida social, de gran altura; el que siempre ha gustado al público más exigente, el mismo público que lee con interés las revistas tradicionales (Hola, Semana, Diez Minutos…) que siguen apostando por la calidad y el papel couché más presentable.

Muy lejos de ese periodismo un tanto frívolo, pero de calidad, está el que se ha apoderado de la sobremesa televisiva con grandes dosis de escarnio e indignidad. Pues bien, hecha esa diferenciación, conviene dejar constancia aquí de la única receta para acabar con esas intromisiones ilegítimas y sanguinarias en la vida ajena sería poner en la picota de esos programas basura a los directores o presidentes de las cadenas de televisión que los permiten, o a los políticos. Que su vida privada también nos la sirvan de sobremesa para aligerar nuestras digestiones. Que toda la mierda que generan estos artistas del contrabando sentimental la enlaten, para airearla después machaconamente en la tele como hacen con la de los famosos. Ese día, los susodichos apestantes programas acabarán. ¿Nos apostamos algo?

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